A bordo, un capitán ejemplar y un molesto polizonte
Mediada la segunda mitad en el Bernabéu, Gonzalo Higuaín falla, consecutivamente, dos ocasiones clarísimas ante Andrés Palop. El público, ante los reiterados fallos del delantero argentino, recordando amargamente las ocasiones marradas también ante el Valencia, se desespera, empieza a pitar al ‘Pipita’, y el gesto del jugador pasa a ser un poema. Está hundido, durante toda la semana no ha hecho más que darle vueltas a aquel cabezazo que le sacó Hildebrand, al balón enviado al palo la pasada jornada. Para mayor desgracia, se muestra lento en una acción que tarda en ejecutar en la primera parte. Higuaín pasa por sus peores momentos.
Bernd Schuster se ha equivocado mucho durante esta temporada, pero en casos puntuales, como la recuperación de Robinho tras su fiesta en Brasil, ha obrado brillantemente. Tras ser crucificado por su falta de tino, apostó por él ante el Sevilla. Muestra de confianza. Pero sobre el césped, el técnico no puede ayudar mucho. Sí que lo hizo, y de manera sobresaliente, Raúl González. Capitán no sólo por llevar el brazalete, sino por sus continuos gestos, por estar pendiente de todo y todos, y porque sin él, el equipo pierde algo más que un jugador.
Pero volvamos al partido. Palop le saca a Higuaín esos dos disparos, y el Bernabéu se echa encima del ‘20’. Ahí emerge la figura de Raúl. Empieza a pedir apoyos para su compañero de delantero, le pide al público que arrope a este joven jugador y, rápidamente, se acerca a Gonzalo para pedirle tranquilidad: “El gol llegará”.
Minutos después, la recompensa llega en forma de combinación sublime entre Sneijder y Guti. Higuaín tiene su tesoro, la generosidad de Raúl obtiene su reconocimiento, y todo parece idílico en un partido que lanza a los blancos en la Liga. Hasta que aparece el famoso speaker de Chamartín. Sin pensar en lo que dice, brama por los altavoces: “¡Por fin marcó Higuaín!”. Alegría, a lo mejor se pensaba que Higuaín necesitaba que le restregaran sus errores. Alguien podría decirle que así, no se anima a los jugadores, y que su misión no es convertir el Bernabéu en un circo, y sí, respetar un señorío que ya tiene 106 años de edad.




