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Vio a su madre inmóvil cuando volvió a casa, a su padre le faltaba el pelo. De sus hermanos no había rastro, aunque vio una mano en el suelo que podría ser la de la niña. Prefirió no pensarlo. Respiró y le vino el olor denso a pinturas y el olor afilado a lata y a pila de petaca, que, lo supo entonces, eran los dos recuerdos más intensos de su infancia. Antes de que cerrasen la tapa, vio el letrero de la puerta del fuerte vaquero: Far West, tirado, mordido, aplastando el cuerpo quieto de un caballo sin silla ni jinete. Se cerró la tapa. A oscuras, alguien le dio la bienvenida y le dijo que, por el agujero de su cabeza, a él también le habían mascado el pelo. Entonces desapareció el olor a pinturas y llegó un olor a hierro viejo y a primer óxido, y supo que su casa ya no era su casa, sino la caja de los juguetes rotos.
Blog de Sociedad