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La nostalgia es una droga dura, gratuita, universal, pero casi nunca inofensiva. Al principio el consumidor mantiene la ilusión de que puede hacerlo sólo de vez en cuando pero pronto descubre que tiene que hacerlo constantemente, sólo para sentirse bien, sólo para sentirse mal. Así, a la gente le gusta volver a las calles de las ciudades en las que vivió, recorrerlas con la sensación de que durante el paseo uno se encuentra también con trozos de uno mismo, fantasmas de las navidades pasadas, en una mezcla rara de placer y dolor, como alguien que visitase el museo de su propio holocausto.
En esta calle encontré un trabajo absurdo en el que sufrí. En esta plaza tomaba el sol los domingo por la mañana. Bajo esta farola fumé esperando y no recuerdo qué. Desde esta cabina te llamaba después de cenar. Han cerrado el bar en el que desayunaba. Aquí nos despedimos y no supimos que era para siempre. En esa casa vivimos dos años, por las mañanas se oían las campanas de una iglesia. Aquí había un cine.
El paseo lo es en realidad por las anchas avenidas, oscuros callejones, y suburbios llenos de solares de nuestra propia historia. La música funciona de la misma manera y cuando escuchamos otra vez la canción que no paraba de sonar aquel verano o el disco que poníamos durante una época a todas horas, en realidad, estamos comprando la posibilidad de, por unos instantes, sentir que volvemos a ser los que fuimos, que volvemos a estar donde estuvimos. La ilusión dura poco, pero su efecto es increíblemente potente, es como volver a sentirlo todo, es como encontrarte con un viejo olor. Gramos de nostalgia pura, sin cortar, viajando como un tiro directa a la corteza cerebral.
Subterfuge acaba de reeditar en una tirada limitadísima de 300 ejemplares en vinilo el álbum Pop que Los Planetas editaron en 1996 y que se puede comprar en su web por 20 euros. Es una mierda de primera, hermano. Venga, qué coño. Una última vez.