imprimir
compartir
Toda la gente que me tiene como amigo en el Facebook habrá podido leer el mensaje que aparece junto a mi nombre: “No volveré a ser travieso en lo que queda de año”. Es muy posible que sea la calidad del cava que estoy bebiendo en esta semana de vacaciones en Barcelona o las cajas de barquillos que estoy engullendo, pero es una promesa que cada día que pasa me está costando más cumplir.
Tengo una pregunta para aquellos que duermen acompañados, lo hicieron en su día o lo van a hacer hoy: ¿en qué lado de la cama duermes? ¡Ah! Porque no duermes en el mismo lado en tu cama, en un hotel de carretera, en la cama de tus padres cuando no están o en un motel, ¿verdad? Según las encuestas (serias) el hombre duerme siempre en el sitio más cercano de la puerta.
Resulta que el hombre aún posee un gen de protección. Tendemos a dormir cerca de la puerta, como si de la entrada de una caverna fuera. No lo pensamos, pero nos sentimos incómodos si no lo hacemos así. Necesitamos estar cerca de la entrada del habitáculo para proteger a la familia de la posible invasión por parte de otro homínido o un animal salvaje.
En los restaurantes o bares sucede algo parecido. El hombre necesita tener a la vista la entrada para controlar que no entre algún perturbado y poder reaccionar rápido. No se encuentra cómodo teniendo la entrada a su espalda. Antaño no había bares, o al menos, las excavaciones aún no los han encontrado, pero vuelve a ser evidente la herencia cavernícola que aún conservamos.
Mientras hoy estaba debatiendo este tema con mi familia, todos con una copita en la mano, mi tío ha soltado la mejor frase para cerrar el debate. “Yo no sé si duermo en un lado de la cama o en otro, pero te puedo jurar que siempre tengo la entrada a la vista. No para vigilar que alguien nos quiera matar, sino para evitar que mi mujer se escape”.
Me llamo Marc Redondo Fusté. Nací en Esplugues del Llobregat (Barcelona) un gélido mes de enero gracias a los fenómenos de la contracción y la dilatación. La gravedad tiró al suelo mi primer termómetro con una aceleración de 9,81 metros por segundo al cuadrado. A los 14 años empecé a practicar con la fricción. El día siguiente a mi primera borrachera comprobé lo que es la deshidratación. Cuando recibí mi primer beso experimenté lo que es una reacción exotérmica. El primer examen en la universidad de física me lo pasé mirando por la ventana cómo nevaba y quedé ingrávido, es decir, suspendido. Tras años de estudios de campo he llegado a la conclusión de que se liga más con una motocicleta de 49 centímetros cúbicos que invitando a las chicas a ver las estrellas; como no tengo moto, aquí hablaré de ciencia como no nos la enseñaron en el colegio, y de estrellas, por si hay alguna despistada. (ahora ya tengo moto, pero de momento solo un casco) Y si no puedes dormir porque una pregunta te ronda por la cabeza, mándame un e-mail a mredondo@snoticias.tv
Blog de Sociedad