imprimir
compartir
Siete hombres que son siete veces Manu Chao discuten sentados en siete taburetes.
Están en la barra de un bar en el que no se ve a nadie más. La tele está puesta, pero sin volumen. La cámara se mueve nerviosamente buscando los rostros de los diferentes interlocutores, intentando seguir la acalorada discusión. Por eso a veces las imágenes pueden permanecer desenfocadas por unos instantes.
Manu Chao#1(habla con acento argentino, levanta un puño y señala al techo): ¡Yo soy el último! ¡El último romántico! ¡Detrás de mí sólo viene la celebración, el vacío, la posmodernidad!, ¡La máquina, la máquina!
Manu Chao#2 (éste habla en perfecto castellano, mientras mira a la tele): ¡Palestina!, ¡Sáhara!, ¡Congo!, ¡San Cristóbal de las Casas!, ¡Nicaragua, Nicaragua, Nicaragua!
Manu Chao#1: Yo soy Dylan y su folk generacional, soy Bob Marley que también era Bob Dylan y soy los chicos drogados en la soleada California, yo soy el punk y su nihilismo-naif, la canción protesta y la rumba catalana, el ska y la canción francesa, el son latino y el ritmo africano.
Manu Chao#3: (este Manu Chao habla con acento francés y gesticula de un modo nervioso, pero simpático): Cuando escribo todo es más sencillo, hablo de ese trabajo de patchwork en el que ideas, imágenes e incluso idiomas se van encajando y contracturando hasta convertirse en otra cosa que también soy yo. Intento ser muy sintético, eso convierte al lenguaje en algo temendamente efectivo. Como si hiciese de cada idea un logotipo. A veces utilizo tiempos verbales incorrectos, o elimino los artículos o tengo que inventar las palabras, porque no encuentro la que exprese lo que yo necesito. A veces las utilizo en el idioma en el que siento que se recoge mejor esa idea.
Manu Chao#5(se salta su turno, habla con un acento sudamericano neutro, como los dibujos animados de los ochenta): Todo eso que hacéis nos convierte en un blanco fácil para la caricatura. Tú y tú y tú y los demás, y en este país en el que el esperpento es el entretenimiento nacional. Yo me opongo a que en un mundo tan frívolo como el musical se nos señale reprochándonos nuestro compromiso.
Manu Chao#2(estornuda): ¡Palestina!
Manu Chao#4(éste Manu tiene un acento difícil de identificar, aunque a ratos suena como un gallego que sesea): Yo no hago nada nuevo, nada que no esté en el prinsipio del ofisio de haser cansiones. Hablar del amor y el desengaño, del cambio y la rutina, o de la pena y la esperansa. Canto como habla la gente en la calle, con sus palabras y sus sonidos, con el collage interminable e itinerante que es el mundo y que es mi obra. Y que soy yo mismo.
Manu Chao#6: Eso está muy bien, pero lo de copiarme la base de Bongo Bong, que sabéis que lo habéis hecho los seis, eso está muy feo. Y la de La Malegría, y la de Me gustás tú, no me digas que es que no se parece a la canción que te canté yo en tu casa.
Manu Chao#1(sigue exaltado, aunque ya no tiene acento argentino): ¡Yo soy mi propio collage! ¡Yo soy mi único muestrario, mi recopilación de grandes éxitos y grandes fracasos, mi mejor y peor reflejo!
Manu Chao#2(se pone de pie, seguramente un poco borracho): ¡Zapata vive vive: la lucha sigue sigue!
El séptimo Manu Chao mira toda esta escena apoyado en la barra, en silencio. La cámara se acerca lentamente a él mientras el barullo de los seis Manu Chaos que discuten va quedando en un segundo plano. El séptimo Manu Chao entonces sonríe a cámara, arquea las cejas, y se encoge de hombros. Funde a negro.
Manu Chao actuó el pasado 4 de julio en Mataró, dentro del festival Cruilla de Cultures. Durante dos horas y media prácticamente ininterrumpidas desplegó su torbellino acelerado de ska y reggae, en el que muchas de sus canciones eran reinterpretadas, reensambladas o remezcladas en directo, saltando atrás y adelante en su largo repertorio, e incluso introduciendo adaptaciones de canciones de otros autores, como Si me das a elegir de Los Chunguitos o Se fuerza la máquina de Gato Pérez, todo ello pasado por la turbina pachanguera de sus Radio Bemba.
De lo que vamos a hablar es de los discos, de las canciones, de cómo eran las cosas en la época en la que la música era algo urgente. Aquel tiempo en que nos creíamos más grandes que cualquier organismo terrestre. De si la música mantiene aún alguna oportunidad de cambiar nuestra manera de fingir, de bailar, de hacer las cosas. De afectar de alguna manera al modo en que nos peinamos. Por Luis Alfaro: lalfaro@snoticias.tv