imprimir
compartir

Hay algo indescifrable en el presidente francés que consigue que me caiga bien. Pese a contar con todos los ingredientes para cocinarse a sí mismo como un líder insípido, Nicolas Sarkozy está hoy en España y, lo confieso, me alegra. Es el Cardenal Richelieu de unos mosqueteros torpes, el Conde de Montecristo en una Europa remilgada, el tipo listo en una cena de idiotas. Sarkozy sabe cómo decir que su vecino es más tonto que Abundio y a las dos semanas ir a comer a su casa. Y todo nos sigue pareciendo bien.
El Presidente de la República de Francia, Gran Maestre de la Legión de Honor y Príncipe de Andorra tiene algo en sus maneras que desafía a los prejuicios y llama con los nudillos al sancta sanctorum de la razón. Es algo místico que, al igual que Rasputín, le coloca como por arte de magia en la primera línea de la espiritualidad política. “¿Qué haría Sarkozy en mi situación?”, podemos preguntarnos ante los dilemas de la vida. Y al final la respuesta correcta estará siempre en la primera opción.
Vino a Madrid para apoyar a Rajoy en las elecciones de 2004, tres años antes de que Zapatero fuera a Toulouse para apoyar a Ségolène Royal. Pero el pequeño Napoleón extiende hoy la mano y se le estrecha la propia con gusto. Tan deslenguado como Berlusconi, tan elemental como Bush y tan cainita como Putin, a Sarkozy sin embargo se le perdonan y hasta se le agradecen los cadáveres políticos que ha ido dejando a su paso. Aliado definitivo contra ETA, hermano mayor por ahí fuera y descuento de 2x1 para el G-20, España ha encontrado en Sarkozy lo que los Romanov encontraron en aquel monje loco. Los dos metros de estatura de Rasputín los compensa Sarkozy con las calzas de la confianza. Y logra que aquel ministro del Interior fascistoide se presente a cada paso, sin haber cambiado un ápice, como el tío lejano al que no puedes dejar de invitar al bautizo.
Se debatía entre dominar el mundo y estudiar periodismo, pero finalmente Alfonso Torán se decantó por los beneficios inmediatos de las fiestas universitarias. Al contrario que la de otros líderes, su ambición no es desmedida. Mide exactamente 6.097 kilómetros: la distancia entre su silla en la redacción de laSexta/Noticias y el Despacho Oval en la Casa Blanca.
Blog de Ciencia
Blog de Literatura