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Procesiones paranormales

La Semana Santa es masoquista, es como si recordásemos el Holocausto escenificando Mauthausen por la Gran Vía, le dije a un amigo que no pierde la fe ni leyendo. Él contestó que de eso nada, que la Semana Santa no tenía nada que ver con la apología del sufrimiento, que eso era un estereotipo trasnochado. ¿Y lo de clavarse a la cruz en Filipinas? Mentira, eso no lo haría ni Mel Gibson, respondió. ¿Y lo de vestir a la Virgen como si fuera la dueña de un bingo? Nada, contestó. ¿Y lo de decirle guapa a un palo con peluca? Siempre por motivos racionales. Y me urgió a que saliera a la calle y comprobase que lo que me decía era cierto.

Como soy un periodista de raza, y no llovía, salí. Me acerqué a la Iglesia del barrio porque oí gritos. Había un grupo de hombres encapirotados refutando las vías tomistas con fervor racionalista, que es un fervor comedido. Les pregunté si no iban a sacar ningún cristo; me llamaron medievalista y escolástico y me expulsaron.

Corrí hacia la Catedral de la Almudena pensando que el neoclásico no me podía fallar, que allí encontraría devotos de verdad atraídos por el horripilante edificio. Vi que estaban sacando a hombros la talla de un viejo bebiendo cicuta (ponía cicuta escrito en el vaso). ¿Es un mártir?, pregunté. ¡Es Sócrates, imbécil!, me increpó lo que parecía un discípulo. ¿Y no van a sacar a la Virgen? ¡Desde cuándo es un mérito ser virgen, marsopa!

Mientras pensaba que nunca antes me habían llamado marsopa, oí decir que había un tipo disfrazado de Heráclito metido en el Manzanares anunciando que después de las obras de la M30 ya no es posible bañarse ni una vez en el mismo río. Corrí hacia el centro por supervivencia, como el PP en el 96, y vi cánticos y alabanzas por David Hume; un tipo me explicó que las Carmelitas habían abrazo el Empirismo. Atónito, llegué a la Puerta del Sol y me encontré a Esperanza Aguirre liberalizada vitoreando a John Locke. ¿Y esto?, pregunté. No espere comprenderlo, es un dogma de fe, me soltó una señora.

Busqué en el último refugio de la cordura religiosa: la Nunciatura. Pensaba que el Vaticano no me podía fallar, pero me pasó como a Juan Pablo I; me aguardaba una sorpresa. ¡Estás más allá del Bien y del Mal!, oí que gritaban. Corrí hacia los gritos temiéndome lo peor. ¡Viva la Teoría del Eterno Retorno! El Vaticano y el Opus le estaban rindiendo pleitesía a Friedrich Nietzsche. ¡Al cielo con él!, gritaron, y se echaron a Nietzsche con doscientas velas al hombro. ¿Qué os pasa?, grité. Que nos hemos hecho nihilistas, contestaron. ¿Todos?, pregunté. ¡Todos es un concepto absoluto, hijo de puta!, gritaron.

Me fui mientras le cantaban una saeta al muñeco, una mujer lloraba diciendo que había visto al superhombre y un niño le preguntaba a su papá por Zaratustra. Mi amigo me esperaba en casa. ¿Qué?, preguntó al verme. Tenías razón, contesté, la Semana Santa es distinta a como uno se imagina.

Ahora estoy leyendo la Biblia. No la entiendo, pero me siento élite porque me creo lo que pone. A veces pienso en los filósofos y me dan una rabia terrible. El año que viene por estas fechas voy a salir a la calle arrastrando una cruz, y si alguien me quiere acompañar en mi locura, que me acompañe. Ya está bien de aguantar exhibiciones del pensamiento, como si todos tuviéramos cerebro.

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