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Existe un vínculo entre los metales pesados de la Revolución Industrial y el intestino de un pingüino. La Universidad de Murcia, España, mira dentro de las aves tontas que no aprendieron a volar para saber cómo anda la Antártida. Eres lo que comes, amigo.
Dicen que los pingüinos son idóneos para mirarles las entretelas porque están en los puestos UEFA de la cadena trófica, porque tienen larga vida y porque, oh azares, viven en la Antártida, donde, además de pasar frío, comen, beben, respiran y deponen. Y de ahí a la biomonitorización (¿?) ambiental hay un paso.
Los resultados obtenidos en los pingüinos de hoy serán comparados con los restos congelados de los pingüinos del ayer, los que vivieron antes de los humos y de la industria. De ahí saldrán las cuentas definitivas: qué cantidad de metales pesados se ha acumulado en las capas más recientes del hielo antártico, qué pesticidas y qué otras sustancias contaminantes. Y no sólo eso, también qué riesgos correremos cuando ese hielo se funda (hemos tenido una clara muestra estos días) y las sustancias acumuladas se liberen a la atmósfera.
Hace cuatro años, WWF/Adena hizo algo parecido. Sustituyan pingüinos por ministros de medioambiente de la UE y dejen de pensar en los intestinos. Tuvieron resultados llamativos.