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Llevaba sombrero negro y chaqueta de poeta (esas americanas de terciopelo negro que distinguen a los escritores bohemios). El actor Jorge Perugorría, de algo me sonaba el nombre. Estaba ahí sentado en una esquina bebiendo su ponche rosa, y cuando levantó la mirada me vinieron a la cabeza su Fresa y Chocolate, su Guantanamera y sus Cosas que dejé en La Habana.
Había venido a Nueva York para presentar su última película, El cuerno de la abundancia, en el Festival de Cine de La Habana de Nueva York, y de paso aprovechó para inaugurar una exposición de pintura en el Centro de Estudios Cubanos en Manhattan que se llama “Maleconada”.
Me conquistó porque delante de la cámara, con esa sonrisa que es de verdad aunque esté grabada, lo primero que dijo fue: “utilizo muchos colores primarios, bien divertidos, ahora que la cosa está tan jodía pa to’el mundo pueh darle un poco alegría a la gente”.
Todavía tiene esos ojos de Paul Newman que se le hacen pequeños cuando sonríe.
Utiliza los guiones de sus películas para hacer bocetos de pinturas, y en la exposición había varios expuestos. De dónde saca el tiempo para poder actuar y pintar al mismo tiempo es un misterio, pero él dice que lleva bien ese “matrimonio con dos mujeres”.
Aunque los derroches de color en sus cuadros expresan alegría, el regusto es amargo. “Maleconada” de Malecón, de Muro, muro que te protege de la tempestad pero que no te deja moverte libremente en esa isla de Cuba.
De Nueva York se irá a España con sus cuadros, donde va a presentar una exposición de 32 piezas de la que dijo que será una de las más importantes de su carrera. Después, de vuelta a su querido Malecón cubano.