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El virus mutó entre los despachos de alguna gran empresa afincada en las manzanas del Lower Manhattan. La nueva cepa surgió de la propia producción: el análisis y desarrollo de activos financieros destinados a la fluctuación y agilización de fondos volubles. O sea, de la nada. Pero el virus sin embargo era visible desde el microscopio de la cotidianeidad.
Los primeros infectados no sabían que lo estaban y nadie cerró las fronteras. Después se identificaron los síntomas, se localizó el origen y se confirmaron los primeros casos. Pero ya era tarde. Las fronteras llevaban décadas abiertas y la llave la habían tirado al río. El virus se extendió y llegó el primer contagio de banco a banco. Pronto pasó de banco a empresa y, en cuestión de días, de empresa a humano. Las mascarillas que se repartieron entre la población, en lugar de ayudar a respirar, asfixiaban. Y la preocupación se disparó al descubrir que la infección podí a producirse sin tener contacto con otro foco.
Se anunciaron múltiples investigaciones para desarrollar una vacuna. Pero algunos despreciables avivaron la epidemia en su provecho. De poco sirvieron los niveles de alerta y las precauciones: en casa o en la calle el virus infectaba por igual. Pasaron los años pero la enfermedad se quedó. Y en la más oscura de las pesadillas biológicas, un hombre encendió la luz de su despacho pronunciando su última palabra: “sucedió”.
Se debatía entre dominar el mundo y estudiar periodismo, pero finalmente Alfonso Torán se decantó por los beneficios inmediatos de las fiestas universitarias. Al contrario que la de otros líderes, su ambición no es desmedida. Mide exactamente 6.097 kilómetros: la distancia entre su silla en la redacción de laSexta/Noticias y el Despacho Oval en la Casa Blanca.
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