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Aun recuerdo ese año 1999. Con mi cara llena de granos, evidencia de que algo en mi cuerpo estaba cambiando, salí a la terraza a pesar del intenso frío, me tumbé sobre la hamaca que mi madre utilizaba para tomar el sol en verano y me tapé con una manta. No podía dejar de temblar. Se esperaba una buena lluvia de estrellas. Así lo anunciaba el periódico. Lo que no sabía es que aquella iba a ser una de las noches con las estrellas fugaces más grandes y numerosas de mi vida.
Estamos en los días de máxima plenitud de las Leónidas, la lluvia de estrellas más famosa de los meses de frío. Después de las lágrimas de San Lorenzo, o Perseidas, son los meteoros más vistosos del año.
Las Leónidas se producen cuando la Tierra cruza la trayectoria del cometa Tempel-Tuttle. Las pequeñas partículas que dejó el paso de este cometa son las que se adentran en la atmósfera y se desintegran, formando las bonitas estelas.
Mucho juega en contra de esta lluvia de estrellas. Por un lado el frío que suele hacer durante esta época del año. Bueno, este noviembre casi las podríamos ver en ropa interior. No hay forma de que bajen las temperaturas. Por otro, la baja frecuencia de meteoros. La mayoría de nosotros tenemos poca paciencia y solemos abandonar tras varios minutos sin ver nada de nada y de pensar que estamos perdiendo el tiempo.
Los bólidos de las Leónidas son mucho más espectaculares que los de las Perseidas. Es cierto que se ven pocos, pero vale la pena esperar. Son más grandes y más vistosos. Cada 33 años hay un pico de actividad. Un pico que, desgraciadamente, aun nos queda muy lejos. El último fue en 1999, así que puedes hacer cuentas.
Esa noche de 1999 fue inolvidable. Aparecían las estrellas fugaces desde todos los extremos del cielo. El brillo de cada uno de ellos me ponía la piel de gallina. Algunas de las estelas permanecían en el cielo unos segundos. Impresionante. Vi tantas... que ni me acordé de pedir deseos. ¡Qué desastre! Claro que era un crío y lo que habría pedido... mejor no lo quiero ni pensarlo. Suerte que no malgasté esos deseos.
Hasta hace tan solo unos años, por San Lorenzo salía al patio y escrutaba ese manto negro de la noche en busca de alguna estrella fugaz. Cuando ocurría, me sentía felíz, y me maravillaba de lo grande y hermosa que es nuestra capacidad de emocionarnos ante las bellezas naturales que nos ofrece la tierra, el cosmos o la naturaleza. Una noche de agosto en tierras castellanas y rurales, puedes ver perfectamente la vía láctea, sentir la negrura de la noche y la luz impoluta pero breve de esas lágrimas fugaces.
Me llamo Marc Redondo Fusté. Nací en Esplugues del Llobregat (Barcelona) un gélido mes de enero gracias a los fenómenos de la contracción y la dilatación. La gravedad tiró al suelo mi primer termómetro con una aceleración de 9,81 metros por segundo al cuadrado. A los 14 años empecé a practicar con la fricción. El día siguiente a mi primera borrachera comprobé lo que es la deshidratación. Cuando recibí mi primer beso experimenté lo que es una reacción exotérmica. El primer examen en la universidad de física me lo pasé mirando por la ventana cómo nevaba y quedé ingrávido, es decir, suspendido. Tras años de estudios de campo he llegado a la conclusión de que se liga más con una motocicleta de 49 centímetros cúbicos que invitando a las chicas a ver las estrellas; como no tengo moto, aquí hablaré de ciencia como no nos la enseñaron en el colegio, y de estrellas, por si hay alguna despistada. (ahora ya tengo moto, pero de momento solo un casco) Y si no puedes dormir porque una pregunta te ronda por la cabeza, mándame un e-mail a mredondo@snoticias.tv
Blog de Sociedad