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Decía el infeliz de Heráclito que panta rei, que la vita flumen, pero no se dio cuenta de que lo que flumen de verdad son los mercados, que el fuel flumen y que los tiros flumen, vamos, que todo flumen menos las ofertas de trabajo, que desapaflumen. Y, así, poca vida puede flumen.
Yo he sabido todo esto andando por la calle, que es un ejercicio saludable y gratuito si uno no se encuentra con librerías ni con bares por el camino. En esto que, en la calle del Yugo, me cruzo con Adam Smith, al que reconozco por lo mismo que a Cervantes: la mano invisible. Al saludarlo, le tiendo la diestra, pero, en vez de notar la suya como respuesta, percibo una súbita presión en los testículos.
-Adam Smith -digo-, su mano invisible me tiene cogido por los balls.
-No, ignorante desconocido -responde sonriendo-, eso que le aprieta son los mercados.
-Pues aprietan fuerte -digo con un hilillo de voz.
-Los mercados no aprietan fuerte, son fuertes, hijo. Mira Bangkok.
-¿El pintor?
-No, la ciudad. Los camisas rojas y el Ejército lo tienen todo hecho un cristo. ¿Sabes lo único que sigue funcionando? La Bolsa y el Banco Central. ¿Por qué?
-Porque los mercados llevan mejor el derramamiento de sangre que el de capitales -respondo con toniquete.
Entonces Adam Smith se parte la caja torácica invisible y me dice que nones, que los mercados sacan tajada de todos los derramamientos, que el de sangre es uno de sus favoritos, pero que también le pone bastante el derramamiento de capitales, y que, si no me lo creo, piense un ratín en la gotera que le han abierto al euro. Entonces cita a Heráclito (ya supondríais que no se me había ocurrido a mí), y dice que estaba equivocado, que no es la vida lo que fluye, que lo que fluyen son los mercados, y que lo demás, vida incluida, sólo fluye si es rentable para alguien.
Adam se volatiliza como Lehman Brothers y yo me rasco el cogote con ganas. Pienso que no sé cómo darles la noticia a mis hijos que, como todos los niños, son heraclistas convencidos. Buscando esperanza, veo una sombra al final del túnel: es ceniza, ceniza de volcán islandés.
¡Por fin encuentro algo que fluye sin que los mercados se beneficien de ello! Me dan ganas de bailar gritando que viva la Pachamama, pero un segundo después veo claro el mensaje de la Tierra: lo único que fluye sin permiso del capital es el símbolo de la destrucción: ceniza. Del escalofrío que me da el tremendismo del mensaje pienso en otro fluido incontrolado: el fuel de la Bp, y la cosa pasa de gris a negro.
Como sean señales vamos listos, me digo. Después me consuelo y pienso que al menos será el fin del capitalismo. Entonces una intensa presión me atenaza de nuevo los testículos. Recuerdo a Adam Smith sonriendo frente a mí y me parece imposible, pero imposible de verdad, que pueda haber algún dolor en este mundo que no provenga de su mano. No se me pasa la dolencia hasta que no digo: lo retiro, lo retiro, para qué complicarle la vida a los banqueros pudiendo sangrar a los funcionarios. Y el dolor desaparece, pero sé, desde algún rincón de mi ignorancia, que la amenaza continúa.
laSexta fichó a Gómez y a Rodríguez en la cúspide de su fama, cuando triunfaban en las salas más decadentes del desierto de Nevada con una mezcla de country y flamenco a dos guitarras y cuatro tacones con tachuelas. Los directivos de laSexta les prometieron un certificado de penales limpio y dos comidas al día. Gómez y Rodríguez, Rodríguez y Gómez, no pudieron más que conmoverse y aceptar. En sus primeras semanas en España estrenaron mudas frescas y un blog. El blog se llamó El Jardín y las mudas frescas quedaron templadas y anónimas para siempre. Gómez se encargó de la parte escrita, Rodríguez de la dibujada. Aún hoy, sobreviven como blogueros de fortuna.
Blog de Sociedad