imprimir
compartir
El revisor besó la mano fría del francés. Repitió “pobre Trichet, pobre Trichet” hasta juntar todas las letras en un murmullo sin pausas. Se arrodilló. Lloró. Le tapó los ojos al loro. Después lo compadeció. Miró al cielo buscando respuestas y se cegó con la luz del fluorescente. Golpeó con el puño el pecho de Trichet. Le descerrajó un grito en la sien. Se convulsionó. Al final, clamó: “¡Máteme! ¡Máteme como a una perra!”.
-Está bien.
-¿Bien?
-Sí, será más fácil si usted está de acuerdo, se puede hacer algo más creativo.
- ¿Rollo performance?
-No, tampoco somos la Fura dels Baus. Túmbese; boca arriba, por favor. Le voy a abrir las tripas con un bisturí, no le va a doler. Es más, le acabará gustando.
-Pero…
-¿Tiene pipas?
-No, maíces.
-Démelos. Usted ya no los necesita. Consiste en llenarle las entrañas de maíces y esperar a que sea el loro el que le cause la herida mortal. Primero notará cosquillas, después un pellizco. Si no, no se preocupe, yo mismo me encargaré de que se desangre en algo menos de una hora. Será como si se le fuesen acabando las pilas al mundo. Es dulce.
-Pero, voy a tener frío.
-Puede que note algo parecido al frío, pero es un frío que no importa.
-¿Y no hay otro método?
-Le puedo sacar la cabeza por la ventanilla, sujetarlo, y esperar a que una señal o un túnel lo decapiten. Verá el paisaje.
Lo pensó. Sonrió. Le consultó al loro en voz baja. Estuvieron hablando durante unos minutos. Después le preguntó a Trichet, que pareció responder lo mismo que ya le había contestado el loro. “Está bien, está bien”, les dijo antes de dirigirse a mí. No podía contener una risita nerviosa.
-¡Lo de las tripas! –dijo con entusiasmo.
Comenzó a hacer estiramientos, como si quisiera estar en plena forma para la degustación del loro. Calentó también las muñecas. “¿Me quito la camisa o vale con que la abra?”, preguntó. “Quítesela.” Se sacó algo de entre los dientes. Cuando se iba a tumbar, levantó el índice y se detuvo; se le había ocurrido algo.
-Mi última voluntad: déjeme estar tocando los activos mientras ocurre.
-¿Qué activos?
-Los islámicos, Trichet me ha dicho que los tiene usted.
-Trichet está muerto.
-Y yo, a punto. Déjeme tocarlos mientras tanto. Si no, no me matará.
Y sonrió con malicia, como si lo tuviera todo preparado.
Blog de Sociedad