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Tardaron poco más de media hora en encontrar el cadáver del francés. Los del compartimento no preguntaron cuando supieron, aunque el tipo de la guitarra me miró cerrando más un ojo que otro y la chica con las mejores caderas a este lado del muro se acercó a mí. Noté su muslo en mi muslo y salivé. La vieja del gallo, frente a mí, había perdido la cordura de la mirada. Se levantó, me tocó la mejilla y dijo Bergseth. Yo contesté.
-Hola, mamá.
-¿Bergseth?
-Estoy aquí, mamá.
-Bergseth, creí que te habían subido a otro tren. Bergseth, Bergseth, Bergseth -se dejó caer. El gallo aleteó. Ella me pasó besos y rímel con lágrimas por la cara. El galló cacareó y saltó. Ella gritó contra mi pecho algo que no comprendí. El gallo se puso a cubierto. Ella lloró, lloró abrazándose a las piernas de Bergseth, lloró mil palabras y un par de gritos.
Después se sentó a mi lado y sacó la fotografía de Bergseth.
-Estas diferente, Bergseth -dijo.
Se abrió la puerta del compartimento. Era el revisor. Me miró y dijo “salga, tenemos que hablar de algo”. La chica me cogió la mano al levantarme. La vieja preguntó “¿adónde vas, Bergseth?”. La chica dijo “Bergseth está muerto, señora, él no subió a ningún tren”. La miré y se mordió el labio de abajo.
-Aquí te espero- dijo-, si no vienes pronto saldré a buscarte -sentí que el capitalismo brotaba de los escombros de Wall Street, que el Dow Jones marcaba máximo histórico. Tenía 20 años y las mejores caderas a este lado del muro.