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Los que subimos al tren V

El francés se arrodilló lentamente. Le quedó la calva a la altura de mi cinturón. Golpearon la puerta.

-Deme el dinero o devuélvame los activos –dijo.

-No puedo –susurré, y palpé el papel rugoso de los activos islámicos. Un segundo después, los olí con la memoria.

Golpearon la puerta. Una voz de garza gritó “¡abra!” o “¿se encuentra bien?” o “no se suicide, amigo”. Noté la respiración lienta del francés en la tela del pantalón. Me miró a los ojos, sonrió y me enseñó de nuevo la llave; sobre la lengua, envuelta en babas. La sacó.

“¡Ya abro!”, gritó y se abalanzó sobre la puerta. Me interpuse. Forcejeó. Quiso abrir. Me noté la mano en la barra del toallero. Se restregó en mis pantalones. Falló al meter la llave en la cerradura. Levanté la barra del toallero, la sostuve un segundo alzada y cerré la mano con fuerza. Oí una nuez partiéndose en su nuca. Después, cayó, despacio, entre mis piernas.

El silencio. Dentro y fuera, el silencio. Dos pensamientos más tarde, el cuerpo del francés dejó de controlar los esfínteres. Le metí la cabeza en el retrete y cerré la tapa. Un cordón de sangre densa le asomó por la boca. Cogí la llave del suelo, abrí la puerta y salí al pasillo; no había nadie.

Cuando llegué al compartimento, la vieja del gallo volvió a llamarme Bergseth. Había algo cuerdo en su mirada.

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