imprimir
compartir
-Acompáñeme un segundo al baño –dijo el francés de los tomates en los calcetines.
Le dije “no se equivoque” y él me dijo que no se equivocaba. “Acompáñeme un segundo al baño”, repitió, y esta vez lo dijo mientras se levantaba.
Se aseguró de que la puerta no se podía abrir desde fuera. El traqueteo del tren parecía haberse multiplicado. Nos movíamos como juncos. Apenas podía oírle. Desplegó un papel sobre el lavabo, deslizó el índice sobre él un par de veces, de derecha a izquierda, le dio la espalda y me miró a los ojos.
-Son activos islámicos –dijo, confidente, pícaro, con media sonrisa y brillo en los ojos.
-Aquí no le sirve de nada esa mierda.
-Son puros, hijo. ¿Cree que no le he estado observando? Écheles un vistazo. No están contaminados.
-Todo está contaminado –contesté bajando la mirada al suelo; vi que seguía descalzo y que tenía algo gris entre la uña del dedo gordo y la carne.
-Mire el sello: Banco Central del Líbano. Están limpios. No compraron derivados de crédito ni hipotecas basura. Tóquelos. Tóquelos. Nunca ha tenido un material como éste entre las manos.
El sello del Banco Central del Líbano parecía auténtico; el papel era rugoso y la tinta de la estampa se había cuarteado, olían a caja fuerte, a años de clausura bajo llave.
Alguien aporreó la puerta. Me guardé los activos islámicos en el bolsillo interior de la americana. Desde fuera intentaban abrir. Comprobé que no se había quedado nada sobre el lavabo. Miré al francés, abrió la boca lentamente y me la enseñó como si fuera un expositor. Tenía la llave sobre la lengua.
-O me paga, o me arrodillo ante usted antes de abrir – dijo. Yo no llevaba dinero encima.