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El otro día salí a correr un rato por mi barrio. Me gustaría hacerlo de forma más habitual, pero siempre encuentro una excusa para no hacerlo. En una de las calles por donde acostumbro a pasar hasta llegar a un pequeño bosque, el asfalto está muy castigado. Tanto, que incluso se pueden ver los viejos adoquines semienterrados. Cada vez que paso por allí pienso en ellos y también en la cantidad de tobillos que habrán lesionado en sus años de existencia.
Los adoquines eran antiguamente trozos de piedra rectangular que los romanos empezaron a utilizar para allanar los caminos. Estaban hechos de granito, muy resistente y que permitía que la lluvia no destrozara las calles y carreteras.
Cuando empezaron a circular los primeros automóviles se puso de manifiesto que el sistema de pavimentación debía cambiar. Era incómodo y muy costoso de fabricar. Así, fue sustituido por el asfalto.
Aún hay centros históricos de ciudades que conservan los adoquines en sus calles. El aspecto que adquieren es más melancólico y trae al recuerdo, sobre todo a la gente mayor, épocas que pudieron ser mejores o peores, pero que forman parte de su vida.
Actualmente el sistema de empedrado se sigue aplicando en calles peatonales y en aceras. Si alguna vez has podido presenciar su colocación, verás que es muy lenta y minuciosa. Eso sí, ya no son de granito como antaño, sino de hormigón. Y como todo lo moderno, a la que pasan cuatro días se empiezan a romper y a moverse.
Me llamo Marc Redondo Fusté. Nací en Esplugues del Llobregat (Barcelona) un gélido mes de enero gracias a los fenómenos de la contracción y la dilatación. La gravedad tiró al suelo mi primer termómetro con una aceleración de 9,81 metros por segundo al cuadrado. A los 14 años empecé a practicar con la fricción. El día siguiente a mi primera borrachera comprobé lo que es la deshidratación. Cuando recibí mi primer beso experimenté lo que es una reacción exotérmica. El primer examen en la universidad de física me lo pasé mirando por la ventana cómo nevaba y quedé ingrávido, es decir, suspendido. Tras años de estudios de campo he llegado a la conclusión de que se liga más con una motocicleta de 49 centímetros cúbicos que invitando a las chicas a ver las estrellas; como no tengo moto, aquí hablaré de ciencia como no nos la enseñaron en el colegio, y de estrellas, por si hay alguna despistada. (ahora ya tengo moto, pero de momento solo un casco) Y si no puedes dormir porque una pregunta te ronda por la cabeza, mándame un e-mail a mredondo@snoticias.tv
Blog de Sociedad