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La primera vez que escuché a Neil Young fue con toda probabilidad en el salón de Javier, un cura recién ordenado que por entonces vivía en una de las casas baratas del barrio de Fátima en Albacete. Una casa un poco destartalada siempre llena de gente de paso, trabajadores a a tiempo parcial a punto de perder su empleo, universitarios desorientados que acababan de llegar del pueblo, seminaristas de vocación difusa, lustrosos adolescentes todavía sin abollar, como nosotros. Era el comienzo de la década de los noventa. Cuando prácticamente nada de lo que ahora somos capaces de recordar con cierta nitidez había ocurrido todavía en nuestras vidas. Cuando teníamos trece años o catorce años y todo lo que podíamos desear era flipar. Cuando no hacíamos planes. Cuando cualquier otra cosa nos hubiese parecido un cuento de ciencia ficción. Naves espaciales. Lo cierto que es vivíamos en una ciudad pequeña y deprimida, que sufría especialmente los efectos de la crisis económica. Entonces todos teníamos padres, tíos, hermanos, parados de larga duración que atestaban los bares grasientos llenos de humo, vino barato y servilletas en el suelo. Ni se nos hubiese pasado por la cabeza que lo mejor que nos podía pasar era escapar de todo aquello. Íbamos a casa de Javier que no te nía tele y escuchábamos sin muchas ganas sus vinilos, tomábamos café y bebíamos un poco impresionados coñac en vasos de yogurt. Por lo demás todo era pasear interminablemente por calles de edificios bajos de ladrillo, barriadas de viviendas de protección oficial levantadas en los sesenta por el franquismo, que le habían dado a toda la ciudad un aspecto de extrarradio constante y uniforme. Fueses donde fueses la sensación que tenías era la de estar siempre en las afueras de algo. De algo impenetrable y vetado, cada vez más remoto. Como si la ciudad entera hubiese perdido en algún momento su verdadero rostro y nos hubiese tocado vivir condenados en las consecuencias de esa pérdida. Para bien o para mal teníamos la certeza de que todo (la ciudad y sus secretos, la vida y sus extraños acontecimientos, el punto borroso del porvenir) estaban aún esperando a ser descubiertos. Seguramente lo sabíamos, que el futuro era todavía un lugar lejano y salvaje, y eso, en cierta manera, nos tranquilizaba.
Neil Young actuó el pasado 30 de mayo en el escenario Estrella Damm del Primavera Sound durante casi dos horas en las que definió la intensidad y la precisión con las que debe ejecutarse el rock en público. Tocó todas esas grandes canciones suyas que rozan disimuladamente los límites, sin que haya en ese ejercicio rastro alguno de triunfalismo o autocomplacencia. Se retorció acalambrado sobre la viejísima Martín que durante buena parte del siglo pasado tocó Hank Williams, como si sostuviese un tesoro que nadie se atrevió a enterrar, un poderoso objeto capaz de producir a la vez placer y dolor. Y en realidad Neil Young estuvo así todo el concierto, con aspecto de profeta post-desértico, cantando a la invisible línea del horizonte, extrayendo todo el concentrado que puede sacarse de una banda de rock que lleva 50 años tocando y todavía puede producir y sentir el efecto de sus propias canciones. Como si toda aquella música recién sacada de otro siglo todavía mantuviese el poder de aquella primera vez, cuando la música era capaz de sanarnos y envenenarnos y volvernos a sanar.
De lo que vamos a hablar es de los discos, de las canciones, de cómo eran las cosas en la época en la que la música era algo urgente. Aquel tiempo en que nos creíamos más grandes que cualquier organismo terrestre. De si la música mantiene aún alguna oportunidad de cambiar nuestra manera de fingir, de bailar, de hacer las cosas. De afectar de alguna manera al modo en que nos peinamos. Por Luis Alfaro: lalfaro@snoticias.tv