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Es curioso saber hasta qué punto tenemos que viajar para buscar los responsables de la inmensa capacidad de almacenamiento de nuestra memoria. Minúsculas células que de una forma u otra hay gente que no logra mantener en forma toda la vida.
A nadie le gusta tener que reducir un recuerdo a un acuerdo eléctrico que tiene un equipo de millones de células. Células que se cogen de la mano para decidir si una serpiente me da miedo porque en las películas he visto que son peligrosas o dar órdenes a mis piernas para que corran porque una abeja está cerca y una vez una me picó. Células que pueden llegar a pelearse entre ellas y decidir que lo que hice hace cinco minutos no tiene por qué guardarse en mi memoria.
Es algo que seguimos imaginando como impalpable pero que la ciencia se ha encargado de demostrar que sí, se puede tocar, se puede ver. Y lo que es peor, se puede estropear.
Así podríamos explicar de forma sencilla qué es lo que nos ocurre con nuestros recuerdos. En términos científicos, es la hormona Dopamina la que se encarga de controlar nuestra memoria. Justo cuando hemos vivido alguna experiencia que toca almacenar, la dopamina envía una señal al cerebro, concretamente a la zona del hipocampo. Realmente es un neurotransmisor. Allí, se genera el recuerdo y se almacena. Si lo que hemos vivido “no nos interesa” y toca olvidarlo, no se genera el impulso eléctrico necesario.
El mal de Alzheimer, enfermedad degenerativa, consiste en la pérdida de la memoria. Es la incapacidad de recuperar esos recuerdos. No porque no fueran almacenados en su día, sino por la imposibilidad de acceder a ellos mediante la conexión celular. Partes del cerebro van quedando atrofiadas y lo que se almacenó se va perdiendo. Y peor aún son los recuerdos recientes, que directamente ni se almacenan.
Y quién nos iba a decir que la música puede intervenir para que estas células se vuelvan a unir de la mano. La música como terapia del recuerdo. Ahí está la cuestión. Cierto es que el Alzheimer se trata de una enfermedad irreversible, pero algo, por muy pequeño que sea, se puede hacer.
Se ha demostrado que las personas que tienen dificultades con su memoria pueden responder de forma positiva a la música. Intentar asociar una canción para cada recuerdo es lo que se busca. Es decir, se está intentando acceder a la memoria mediante otro camino que no es el habitual. Se está intentando hacer mediante los sentidos, que son incontrolables.
Quién no se ha puesto a escuchar música de hace años y ha vuelto atrás en el tiempo. Sumergirse en aquel verano con la familia, recordar aquella chica que te gustaba, los malos momentos que con el tiempo no se ven tan malos… Con el olor pasa exactamente lo mismo. Descubrir una fragancia perfumada conocida abre no sólo nuestros sentidos, sino también nuestra memoria de par en par.
Intentaré recordarlo para conversaciones de bar, aunque no sé cómo me va a funcionar la dopamina
Me llamo Marc Redondo Fusté. Nací en Esplugues del Llobregat (Barcelona) un gélido mes de enero gracias a los fenómenos de la contracción y la dilatación. La gravedad tiró al suelo mi primer termómetro con una aceleración de 9,81 metros por segundo al cuadrado. A los 14 años empecé a practicar con la fricción. El día siguiente a mi primera borrachera comprobé lo que es la deshidratación. Cuando recibí mi primer beso experimenté lo que es una reacción exotérmica. El primer examen en la universidad de física me lo pasé mirando por la ventana cómo nevaba y quedé ingrávido, es decir, suspendido. Tras años de estudios de campo he llegado a la conclusión de que se liga más con una motocicleta de 49 centímetros cúbicos que invitando a las chicas a ver las estrellas; como no tengo moto, aquí hablaré de ciencia como no nos la enseñaron en el colegio, y de estrellas, por si hay alguna despistada. (ahora ya tengo moto, pero de momento solo un casco) Y si no puedes dormir porque una pregunta te ronda por la cabeza, mándame un e-mail a mredondo@snoticias.tv
Blog de Sociedad