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Ayer tuve un día cantábrico: desayuné mirando la nieve de los Picos de Europa, salí a la mar, estuve con pescadores, paré en un palacio con cuatro siglos metido a bar que sirve vino blanco entre la ruina y la bohemia, comí cocido y, después, bajé al Santander pijo y bien, entre la postal y la zarzuela, para ponerle la puntilla al paño.
Pegadín a la bahía, estuve hablando un par de horas con un investigador del Instituto Español de Oceanografía, dejémoslo sin nombre porque lo que me dijo lo dijo entre dientes. “La anchoa no va a volver al Cantábrico; una anchoa vive tres años, llevamos cuatro sin pescar y no se ha regenerado el caladero. Ya es imposible que lo haga.”
Y, coño, uno echa la cuenta, empieza con los dedos y acaba con la decepción: tiene razón, no hay nada menos refutable que un científico esgrimiendo argumentos que caben en los dedos de una mano, entonces, hasta los periodistas los entendemos. Así que digerí el razonamiento y miré al investigador con cara de me quiero comer la última. Él negó con la cabeza y me dijo sin hablar que ya era demasiado tarde.
La anchoa del Cantábrico ya es un recuerdo, dentro de poco hasta los paladares de meseta se darán cuenta de que llevamos tres años vendiéndoles anchoa argentina envasada en Santoña; una anchoa grande y basta, de filete áspero, casi tan mala como la de la Escala, una anchoa que no tiene nada que ver con aquella que ya suena a batallita y que exterminamos por estar demasiado buena. Descanse en paz.
Blog de Sociedad