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Ni puedo ni quiero hacer la típica crítica cinematográfica de Invictus, de Clint Eastwood, en la que se suele juzgar el ritmo narrativo, la puesta en escena, la fotografía, la música o si los actores bordan su papel o no lo hacen. No puedo porque, cuando me planteo el sentir la vida (incluido ver cine), hago precisamente eso, sentirla, es decir, abro mi corazón y me dejo llevar, y permito que me lleguen los sentimientos que me tienen que llegar; y no quiero porque, si lo hiciera y me atuviera exclusivamente a esos datos, diría que la película es floja, débil, irregular. Pero es tal el Amor (y, dentro de Él, la compasión y el perdón) que transmite que me da lo mismo todo lo demás. Voy a ser claro: es una auténtica obra maestra. Durante casi tres cuartas partes del metraje estuve llorando de felicidad, eso sí, conteniéndome porque mis sollozos son un tanto escandalosos.
Reconozco que ignoraba la historia que cuenta. No me refiero a la figura de Nelson Mandela y su triunfo, sino concretamente a la importancia que tuvo el campeonato mundial de Rugby que se celebró poco después de que el líder sudafricano venciera en unas elecciones históricas. Y éste es uno de los méritos del señor Eastwood, el que haga que, mientras estaba sentado en la butaca, me fascinara un deporte del que nada me interesa.
Mandela pasó media vida (casi 30 años) encerrado en una jaula de a penas 2x2 metros. “¿Cómo pudo perdonar…?”, se pregunta el personaje de Matt Damon, “¿… a la gente que le encarceló?” Mandela era un hombre con un equilibrio inteligencia-emoción privilegiado, y sabía que había dos aspectos que no podía olvidar: la política y la humanidad, pero no por ese orden precisamente. Justo después de ser nombrado presidente, el comité de deportes decidió eliminar al equipo de rugby pues había sido una de las insignias del apartheid. Pero Mandela comprendió que era un error, porque perderían votos y apoyo (política) y porque, les gustase o no, los “blancos malos” también eran sudafricanos (humanidad). Esto es perdón y compasión, y esto es lo que me importa de esta obra de arte. También habla de la Unidad que debía ser Sudáfrica, la que debe ser el planeta Tierra, añado yo.
El señor Eastwood ha cambiado mucho desde aquel, por ejemplo, Sargento de hierro y se lo agradezco eternamente. No es que no me gustaran sus películas anteriores, pues tiene maravillas como Bird o Sin perdón, pero es que su lado humano es cada vez más obvio. Ya sea por la edad o por la razón que sea, mi corazón se hincha con este cambio. En Invictus es donde con más descaro se presenta, con cariño y con sencillez, con admiración, talento y una seguridad plena en lo que se está haciendo. ¿Técnicamente no es su mejor película ni de lejos? Me da igual.
Una anécdota pero que me da mucho que pensar: no sé quién me contó o no sé dónde leí que alguien preguntaba por la utilidad de perdonar. Otro le contestaba que servía para poder dar todo de uno, siempre y cuando incluyésemos dentro de ese perdonar tanto a los demás como a nosotros mismos. Y luego añadía:
En español: perdonar / per-donar / para dar
En inglés: forgive / for-give / para dar.
No todo en el cine es glamour y premios. También hay compromiso. En este blog queremos hablar de esas películas especiales que narran la realidad que nos rodea. Una realidad que a veces es muy dura, pero que explicada con sentimiento nos ayuda a enfrentarnos a las injusticias de este mundo.