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Hoy, después de tanto tiempo, volvemos al mundo de la tecnología. Analizaremos un invento muy sencillo pero que sólo a un genio se le podía ocurrir: la chincheta. Se le atribuye la invención al relojero alemán Johann Kirsten en 1903. ¡Hace casi nada! Por cierto, un relojero que inventa la chincheta queda un poco raro, ¿verdad?
El uso que le damos a las chinchetas es por todos bien conocido. Otra cosa es que las utilicemos correctamente. Sólo sirven para sujetar papeles en murales de corcho, nada más. Ni paredes, ni madera. No están fabricadas para ello. Si las clavamos a la pared se nos va a caer el yeso. Si las desclavamos de la madera nos va a quedar marca. Así que recuerda, sólo para corcho.
El resto de usos que se le dan a la chincheta son inútiles pero muy divertidos. Más que divertidos, incluso traviesos y entretenidos. Jugar con ellas como si fueran una peonza, girar decenas de ellas al revés y apoyar la mano hasta quedarse con todas ellas pegadas en la mano, fregarlas con fuerza contra el suelo para quemar luego la mano de un compañero… Pero la idea más macabra de todas es la famosa chincheta en la silla. Esta se lleva la palma. En mi colegio se prohibió el uso de chinchetas por este mismo motivo. Bueno, y porque un chico se tragó una.
La táctica era la siguiente: aprovechar que un compañero salía a la pizarra para resolver un ejercicio. Justo al volver, en el mismo instante que se iba a sentar, con toda la clase en silencio, su compañero de mesa le ponía la chincheta en la silla. La longitud del pincho parece ser ideada a consciencia para traspasar el grosor del vaquero y el calzoncillo, y pinchar de forma ligera el pompis sin provocar sangre. Si el compañero se chivaba a la profesora recibía un buen castigo en el recreo. Creo que nunca me había divertido tanto de niño.
Finalmente está la chincheta “olvido”. Nace cuando estás subido a una silla para colgar un póster, se te cae y piensas “ahora la recojo”. Gran error. Por la noche, cuando te levantas a beber agua, la chincheta se pone a andar hasta cruzarse en tu camino. Aquí sí que hay sangre y cabreo, mucho cabreo, con uno mismo.
Me llamo Marc Redondo Fusté. Nací en Esplugues del Llobregat (Barcelona) un gélido mes de enero gracias a los fenómenos de la contracción y la dilatación. La gravedad tiró al suelo mi primer termómetro con una aceleración de 9,81 metros por segundo al cuadrado. A los 14 años empecé a practicar con la fricción. El día siguiente a mi primera borrachera comprobé lo que es la deshidratación. Cuando recibí mi primer beso experimenté lo que es una reacción exotérmica. El primer examen en la universidad de física me lo pasé mirando por la ventana cómo nevaba y quedé ingrávido, es decir, suspendido. Tras años de estudios de campo he llegado a la conclusión de que se liga más con una motocicleta de 49 centímetros cúbicos que invitando a las chicas a ver las estrellas; como no tengo moto, aquí hablaré de ciencia como no nos la enseñaron en el colegio, y de estrellas, por si hay alguna despistada. (ahora ya tengo moto, pero de momento solo un casco) Y si no puedes dormir porque una pregunta te ronda por la cabeza, mándame un e-mail a mredondo@snoticias.tv