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Hoy en día disfrutamos de las vacaciones de una forma más fraccionada. Unos días en julio, otros en Navidad, algunos en abril aprovechando la Semana Santa… pero antiguamente las vacaciones se concentraban básicamente en el mes de agosto. Hablar de vacaciones era hablar de calor. Si alguno de vosotros disfrutó, o más bien sufrió, de un largo viaje por España en coche, seguro que tendrá el recuerdo de nuestros campos de girasoles teñidos de amarillo por estas fechas.
Una de las tradiciones, espero que ningún agricultor me esté leyendo, era parar en uno de estos campos, cortar la flor de un girasol, y dejarla secar en el coche mientras duraban las vacaciones. Unos coches sin aire acondicionado, claro. Déjame hablarte un poco sobre este tipo de plantas.
Como su nombre indica, son plantas que siguen con su mirada la posición del sol. Lo hacen gracias a su fototropismo. Los girasoles están dotados de hormonas que reaccionan de forma positiva ante el estímulo de la luz solar. Fíjate una noche, cuando vuelvas de borrachera, qué posición adopta la planta. Queda cabizbaja, mirando al suelo, esperando que vuelva a amanecer. Acuérdate que el vómito no es un buen abono para este cultivo, ni tampoco la orina.
Es una planta nativa de América que los españoles, que como todos sabemos, somos unos avispados, importamos con gran acierto. Aquí lo tiene todo a favor para triunfar: muchas horas de sol y poco mantenimiento. Siempre se ha dicho que los españoles somos unos vagos, y a esta planta le va de perlas estar con nosotros porque necesita pocos cuidados y poco riego.
Ahora vuelve a estar de moda porque ha pasado de producir sólo pipas y aceite a obtenerse de ella biodiesel, un nuevo negocio.
El ser humano es un animal culotrópico. A la que ve unos vaqueros apretados paseándose frente suyo, no deja de seguirlos hasta que desaparece de su vista y cuando ya no se ven, se queda mirando al suelo, cabizbajo y triste.
Me llamo Marc Redondo Fusté. Nací en Esplugues del Llobregat (Barcelona) un gélido mes de enero gracias a los fenómenos de la contracción y la dilatación. La gravedad tiró al suelo mi primer termómetro con una aceleración de 9,81 metros por segundo al cuadrado. A los 14 años empecé a practicar con la fricción. El día siguiente a mi primera borrachera comprobé lo que es la deshidratación. Cuando recibí mi primer beso experimenté lo que es una reacción exotérmica. El primer examen en la universidad de física me lo pasé mirando por la ventana cómo nevaba y quedé ingrávido, es decir, suspendido. Tras años de estudios de campo he llegado a la conclusión de que se liga más con una motocicleta de 49 centímetros cúbicos que invitando a las chicas a ver las estrellas; como no tengo moto, aquí hablaré de ciencia como no nos la enseñaron en el colegio, y de estrellas, por si hay alguna despistada. (ahora ya tengo moto, pero de momento solo un casco) Y si no puedes dormir porque una pregunta te ronda por la cabeza, mándame un e-mail a mredondo@snoticias.tv