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El delantero de Sarajevo y los tres dioses

Es el centro de Sarajevo, donde los minaretes le tienen ganada la partida a los campanarios y huele a las especias que embadurnan los cevapi. La terraza del Galatasaray Sur, en el corazón de esta alma tuerta, está llena de ruido y de bandejas. Dentro del bar, entre cojines, descansa un gato de ochenta kilos; se llama Tarik Hodzik y ésta es su cueva. Ahora es el chef, quien dice “pide lo que quieras, aquí sólo entra carne de primera”. En la 83-84 fue el máximo goleador de la liga turca, antes jugó en el RFC de Lieja. Fue el delantero centro de la selección yugoslava. Diez años después, permaneció. Los morteros serbios esculpían rosas en el asfalto de Sarajevo, y Hodzic permaneció. Turquía le puso un avión para sacarlo de la guerra, permaneció. Lo cuenta sin
heroísmo, sin dárselas. Se quedó en el barrio como antes se había quedado en el área. Ahora, musulmán y descreído, regatea con elegancia una botella de vino blanco que esconde entre las piernas; con la religión se la sigue jugando al primer toque: nunca se le vacía la copa ni aspira a llenarse el alma. Hodzik, el mítico Hodzik, todavía es un nueve puro. El hombre que no abandonó el área cuando estaban centrando bombas es ahora una especie de druida en Sarajevo. Los que vienen a comer, se sientan fuera. Los que vienen a Hodzic, entran en la guarida del Galatasaray Sur, donde sonríe, bebe y regatea el Robert de Niro de los Balcanes.

“Soy una persona normal, pero como jugué en Turquía soy famoso, por eso viene toda esa gente a comer aquí”, dice señalando las paredes. Al otro lado de su dedo aparecen cientos de fotografías, en todas hay alguien sonriendo junto a Hodzik, que a veces también sonríe. Los fotografiados van desde Platini a Stjepan Mesic, el ex presidente croata, gente de la política y del fútbol, los dos hábitats donde se encuentra cómodo este delantero que al menor descuido está dibujando la táctica de la selección española en una pizarra invisible, después hace un garabato con un pase de Xavi a Villa y remata poniendo la vista sobre una foto donde aparece él con Vicente del Bosque. Se abalanza, se inclina, se vuelve a colocar el cojín en los riñones y se ríe a carcajadas sin perdernos de vista. Ha empezado la función, por eso viene la gente a ver a Hodzic. Pero el siguiente pase que le envío es en profundidad, a la memoria.

Hablamos de la guerra. El delantero cambia de ritmo. Le da un trago al vino para variarle el sabor al recuerdo y dice sí, estuve aquí durante toda la guerra. ¿Cómo quedó este barrio?, es la siguiente pregunta. Hodzic dice que destruido, como si no cupiera otra posibilidad, como si la palabra guerra fuese suficiente para responder a todas mis preguntas.

¿Por qué no saliste de aquí? ¿Por qué dijiste que no a aquel avión turco?, pregunto recordando el día en que el embajador turco le dijo a Hodzic “tú vas a salir de Sarajevo, tienes ofertas para entrenar en Turquía. Te pongo un avión mañana”. Y Hodzic, entre sus cojines, dándole forma a las palabras muy despacio, responde, por si no lo he comprendido aún, que ésta es su ciudad, que aquí estaban sus recuerdos y su madre, atrapada en la parte serbia. “No la podía ver, pero daba igual. Me conformaba con saber que estaba al otro lado del río".

Después hablamos del perdón a Serbia, dice que es la única manera de caminar hacia delante, que no se puede vivir en el rencor, pero que hay cosas que no se pueden olvidar. Entonces el mundo se le detiene y veo en la mirada de Hodzic la ausencia que ya he visto en otras miradas de los Balcanes, cuando la memoria le sirve al cerebro una ración de dolor. Hodzic se queda hueco por fuera. Caen unos segundos de silencio. Pienso que por ahí no va a continuar, que ese salto no lo va a querer dar porque se lo prohibió a sí mismo hace años. Después, sonríe. Me busca con la mirada en su regreso al mundo y comprueba que sigo ahí.

Antes de la guerra esto estaba lleno. La gente tenía dinero. Iba, venía. Gastaba. Todo el mundo gastaba dinero en Bosnia porque Bosnia era rica. Había industria. Lo primero que hicieron los serbios durante la guerra fue destruir la industria. Bombardearon las fábricas, lo destruyeron todo.”

Las manos se le cierran en una bola de recuerdos. Los amasa y vuelve a abrirlas. Las bombas han desaparecido y Hodzic recupera el aire de prestidigitador con el que introduce pirotecnia en las conversaciones. Es evidente que lleva dos décadas haciendo esto: hablando con gente que se sienta a escucharle, estrujando periódicos en la terraza, señalando algún lugar compartido en el pensamiento para después fugarse de golpe con un baile de manos.

Después dice que la ciudad ha cambiado, “que no hay dinero, que no hay ánimo, que la gente no tiene ganas de trabajar”. ¿De dónde salen esos niños que mendigan por todas partes?, pregunto. “Es triste. Vienen de la parte serbia. Está a un par de kilómetros, cruzan por la mañana y regresan por la noche.”

Nadie habla de esos niños, ni de sus padres, ni de cómo bosnios musulmanes los amenazan con palos para que no se acerquen al mercado, para que no ronden por las tiendas, para que no importunen con su lamento a los turistas. Hodzic, después de decir que es triste, se retuerce las canas y afirma que a este país todavía le faltan 10 ó 15 años para optar a cualquier cosa. “El problema de Bosnia es que los políticos no saben lo que es la política. Aquí no hay democracia. En democracia es el político elegido quien decide. ¿Sabes quién toma aquí las decisiones? Dios. Pero no tenemos sólo un Dios. Tenemos tres. Tres dioses con sus jerarquías, con sus representantes en la Tierra. Aquí los políticos van al templo, preguntan lo que tienen que hacer y deciden lo que les indican los líderes espirituales. Aquí el poder no es económico, ni político, es religioso. Así nunca saldremos adelante. Es imposible.”

Salir adelante en Bosnia se llama Unión Europea. Pero a Hodzic ya no le brotan de dentro las ilusiones. Dice que la gente hoy quiere formar parte de la UE, pero que eso no pasará nunca, que Bosnia tiene que cambiar mucho para ingresar en la Unión. Entonces, una madre y un hijo entran en el restaurante. Son amigos de Hodzic. La mujer habla alto. Le pregunta quiénes somos y Hodzic le explica de qué estamos hablando. Se ríe y nos regaña en bosnio con una coletilla universal: “política, siempre política”. Mezcla el alemán con el inglés y me aclara, por si no he visto un atlas en la vida, que Bosnia es Europa. “Mira el color de nuestra piel. Mira nuestra cultura. Somos Europa, pero no vamos a entrar nunca en la Unión. ¿Sabes por qué? Porque Serbia va a entrar primero, y el día en que eso ocurra, la UE está kaput. Muerta. Finita.

El hijo sonríe y asiente. Dice que no odia a “los serbios, pero que son gente...”, y mira al suelo negando con la cabeza, como si viera caer los puntos suspensivos que se le han quedado en la boca. “Tiene razón mi madre, si Serbia entra en la Unión Europea, la destruirá”, remata el chaval, que ha levantado la cabeza para dejar claro que no tiene nada que decir a media voz. Miro a Hodzic, le pregunto con la mirada qué opina. Asiente de tal modo confuso que no sé si les da la razón o si me dice compréndelos, han vivido una guerra llena de tumbas, más que las que caben en las fotos, más que las que caben en las cifras.

Hay 1 comentarios de usuarios

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Por Abril / 17-01-2011

Dios! Cómo se puede parecer tanto a De Niro??!! Brillante, Javi, como siempre. Casi, casi, como la elegante amazona que recorría, en una soberbia jaca alazana, las avenidas floridas del Bosque de Bolonia. De quitarse el sombrero, vaya.

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Bloguero Javier Gómez y Ángel Rodríguez

Acerca de

Javier Gómez y Ángel Rodríguez

laSexta fichó a Gómez y a Rodríguez en la cúspide de su fama, cuando triunfaban en las salas más decadentes del desierto de Nevada con una mezcla de country y flamenco a dos guitarras y cuatro tacones con tachuelas. Los directivos de laSexta les prometieron un certificado de penales limpio y dos comidas al día. Gómez y Rodríguez, Rodríguez y Gómez, no pudieron más que conmoverse y aceptar. En sus primeras semanas en España estrenaron mudas frescas y un blog. El blog se llamó El Jardín y las mudas frescas quedaron templadas y anónimas para siempre. Gómez se encargó de la parte escrita, Rodríguez de la dibujada. Aún hoy, sobreviven como blogueros de fortuna.

 
 
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