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Hiciste la señal de la cruz sobre la cápsula de bromazepam y el vaso de agua. Dijiste por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, no te lo creíste ni tú y te dormiste, te dormiste a medio rezo y casi te regurgitaron el agua y el somnífero.
¿Con qué sueñas, obispo? Sobre todo, con cosas que huelen a viejo, con muebles oscuros y con gafas gruesas y ahumadas. Sueños de mierda, vaya. Desperdicios. Pero aquella noche, no; aquella noche no ocurrió como siempre, gordito, no ocurrió así. Soñaste, obispo, pero cosas feas. Caíste en la piscina de placentas y una jeringa te tragó abrazado a una célula. Te ahogabas ahí adentro, te sentías más gordo que nunca embutido en el cilindro, con la célula entrándote densa por los agujeros de la napia. La jeringa te escupió y la célula ya no estaba y caíste de bruces en el magma de un condón. Y pataleaste. Pataleaste por no gritar y por no cagarte en Dios, porque soñaste que te cagarías en Dios, como un vómito, pero no, la cosa dio un giro, obispo, seguiste pataleando como una perra que se ahoga y te vino el aire y viste a una niña a la que estabas poniendo la cara como un pan con hostias a patadas. Germina, germina, le gritabas. Y a la niña se le hizo un bombo como un mundo. Germina, germina. Y vomitaste, sobre un crucifijo, bilis negra que te ardió en la boca. Y dijiste putas, y más cosas que no recuerdas porque te empezaron a picar los pies, como bestias. Picor, y babas y lenguas y luego esos pinchazos. Y cosquillas en los huesos. Y luego te despertaste, obispo, y deseaste seguir dormido porque viste, lo viste claro, que ahí estaban los linces, devorándote, por los pies, hasta dejarte brillantes los huesecitos. Y te buscaste en la lengua un rastro de bromazepam bendito, e hiciste la señal de la cruz, y entonces un lince se levantó y te dijo: por tu culpa, por tu gran culpa. Y comprendiste.
Blog de Sociedad