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El energúmeno que tengo al lado me acaba de contestar que depende del color de la botella. Por mucho que me duela, tiene toda la razón. Alguien como tú y como yo hubiera respondido que es incolora. La respuesta no es correcta, ni tampoco es cierto que el color del mar dependa del cielo.
Al llenar un vaso, el agua parece transparente. Con un cubo nos pasará lo mismo. En una bañera se empieza a apreciar un tono azulado. Los ríos y el mar también se ven azules, esté el cielo gris o despejado. Claramente, el agua es de color azul.
La explicación es sencilla. Los rayos de luz que inciden en el agua cuentan con toda la gamma de colores del espectro visible. Cuando salen reflejados, pierden una pequeña parte de este espectro: los tonos rojos. Son absorbidos por el agua. Si a la luz blanca le quitamos el rojo, adquirirá un color azulado. Es el que nos llega a los ojos.
Esto ocurre tanto en volúmenes pequeños de agua como en grandes. El problema es que nuestros ojos no tienen suficiente capacidad para apreciarlo. Únicamente cuando la radiación emitida es grande lo podemos diferenciar, como en el caso de un río, un lago o en el mar.
El color del agua también puede cambiar por otros agentes externos. Las algas harán que adquiera tonos verdes y los sedimentos, marrones. Y si la sangre llega al río, cosa que casi ocurre cuando mi compañero de mesa me ha respondido antes, el agua se vuelve roja.
Me llamo Marc Redondo Fusté. Nací en Esplugues del Llobregat (Barcelona) un gélido mes de enero gracias a los fenómenos de la contracción y la dilatación. La gravedad tiró al suelo mi primer termómetro con una aceleración de 9,81 metros por segundo al cuadrado. A los 14 años empecé a practicar con la fricción. El día siguiente a mi primera borrachera comprobé lo que es la deshidratación. Cuando recibí mi primer beso experimenté lo que es una reacción exotérmica. El primer examen en la universidad de física me lo pasé mirando por la ventana cómo nevaba y quedé ingrávido, es decir, suspendido. Tras años de estudios de campo he llegado a la conclusión de que se liga más con una motocicleta de 49 centímetros cúbicos que invitando a las chicas a ver las estrellas; como no tengo moto, aquí hablaré de ciencia como no nos la enseñaron en el colegio, y de estrellas, por si hay alguna despistada. (ahora ya tengo moto, pero de momento solo un casco) Y si no puedes dormir porque una pregunta te ronda por la cabeza, mándame un e-mail a mredondo@snoticias.tv
Blog de Sociedad