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Juraría que un aleteo de lechuza le cruzó la cara y que el susto le empotró el cogote contra un mueble; puede que la estantería, puede que el cabecero, puede que el marco de la ventana, nunca lo supo con exactitud porque la luz estaba apagada y porque era la primera noche que pasaban en el apartamento: primera línea, brisa de piscina y chancla en la cara, tostada de guiri todas las mañanas, segunda quincena. Una lástima.
Volvió en sí aturdido, girando a tres mil revoluciones en la órbita de un pensamiento: encontrar a la lechuza. Cerró los ojos, se concentró en los oídos y esperó como un apache cruzado con un sioux a que el animal moviese ficha.
Apartó ruidos como se apartan helechos en la selva: la respiración de su mujer, el acelerón de la nevera, los ronquidos de su suegro, una derbi variant trucada con su rugido de araña y el sueño erótico de la muñeca de su vecino en plena fricción. Tardó horas en apartarlo todo. Al final, en el corazón de la cebolla, apareció, como un gnomo pudoroso a la espera de un tacto rectal en el pasillo de un cuartel, el pulso de la lechuza. Tic, tac. Sí: Tic, tac.
Se lanzó sobre ella con un cuchillo en la mano. Oyó gritos. La lechuza escapó. Juraría que sintió el aleteo en la cara. Corrió tras ella. Tic, tac. Alas revolucionadas y gritos, más gritos, gritos nuevos y hasta gritos suyos. Se vació el brazo contra la lechuza, pero la lechuza volvió a escapar y él volvió a perseguirla y a clavarle el cuchillo. Volvió a vaciarse, hasta que cayó exhausto sobre el terrazo, sucio, de la cocina.
Cuando lo despertaron los gritos de la policía dormía cubierto de sangre seca sobre un charco de sangre coagulada. Siguió los gritos para encontrar la puerta del apartamento. Antes de abrir comenzó a hilvanar respuestas, hilos de espuma deshaciéndose por el sumidero de su cerebro. La policía encontró cuatro cadáveres en cuatro camas. Alguien le preguntó qué había ocurrido. Miró al techo, tuvo el impulso de buscar la lechuza, pero le faltó ánimo y le sobró desconcierto. No dijo nada, agachó la cabeza y entró arrestado en el coche. Era un día de playa precioso.
laSexta fichó a Gómez y a Rodríguez en la cúspide de su fama, cuando triunfaban en las salas más decadentes del desierto de Nevada con una mezcla de country y flamenco a dos guitarras y cuatro tacones con tachuelas. Los directivos de laSexta les prometieron un certificado de penales limpio y dos comidas al día. Gómez y Rodríguez, Rodríguez y Gómez, no pudieron más que conmoverse y aceptar. En sus primeras semanas en España estrenaron mudas frescas y un blog. El blog se llamó El Jardín y las mudas frescas quedaron templadas y anónimas para siempre. Gómez se encargó de la parte escrita, Rodríguez de la dibujada. Aún hoy, sobreviven como blogueros de fortuna.
Blog de Sociedad