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Nos rodeaban unas grandes montañas de pelo en el patio de un antiguo colegio, la música nos entraba por los ojos y gritábamos con los brazos en alto, todos juntos, bailando como locos como si aquello no fuese un museo.
Disfrutamos como niños en el P.S.1, un antiguo colegio público convertido en museo de arte contemporáneo, porque algo queda en él de ese éxtasis escolar que se concentra en el estómago a la hora del recreo, porque se le han quedado impregnadas en el suelo las rayuelas y los toboganes, y ahora con veinte años más y algunas cervezas disfrutábamos como niños a los que también les quedaba algo de ese éxtasis en el estómago.
Las fiestas que organiza el P.S.1 cada sábado de verano mezclan la música en directo con las locuras arquitectónicas que decoran su patio y logra mover a las masas neoyorquinas a pasar una tarde de sábado en un museo y disfrutar entre cerveza y cerveza de sus pequeñas salas con nuevas apuestas artísticas para aquellos que saben que el nuevo arte neoyorquino se escapa de la pequeña isla de Manhattan.
La gente en la fiesta era de colores, con sus calcetines blancos sobre zapatos marrones, sus cabezas medio rapadas y sus gominas de West Side Story, sus rizos afro y sus espaldas al aire, una fauna que no se parecía en nada a la de cualquier otro museo de cualquier otra ciudad de cualquier otro mundo.
Bailamos horas con la banda de Brooklyn Arthur’s Landing y con el bailarín DJ Danny Wang, pero a las 9 sonó la campana, se apagó la música, y como niños buenos nos fuimos todos del patio donde disfrutamos un gran recreo de sábado tarde.
Las ratas, my friends, son las que deciden en esta ciudad si uno es más de aquí que de allá. Cuando desde el andén veo un par correr entre los raíles, gordas y peludas, vuelvo a meter mi nariz en el periódico y espero a que alguno las señale con el dedo para poder pensar: turista.
Blog de Sociedad